Las cosas buenas de ser mamá

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Una de las cosas que yo no sabía es que la maternidad me iba a aportar cosas a mí, es decir, creí que era un acto generoso que tendría quizá recompensa transcurridos los años, ventajas como la de no envejecer sola, tener nueros, ir a una graduación, cosas así. Pero he descubierto en ser madre una nueva fuente de placeres inmediata. Aquí van algunos:

  • Uno. Me conozco mejor. Cada niño ha llegado con un secreto que contarme. En mi casa soy el CEO y no es fácil mantener este liderazgo. También he ganado en autocontrol, que es algo que años atrás me parecía cómo engañar al personal y ahora practico como si fuera un mantra. Desde que lo descubrí por casualidad, estoy apuntada al OrangeRhino, el reto de una madre californiana que consiste básicamente en no gritar. Yo tampoco gritaba antes. El primer paso parece poco ambicioso: 24 hours no scream. Luego lo pruebas y piensas: menos mal que puedo pegar un grito dentro de un armario, es lo que te salva para poder acabar el día con dignidad.
  • Dos. Me sirve de excusa. Del estancamiento laboral, de haber abandonado la búsqueda de la verdad, de no teñirme ni ir a expos interesantes. De no haber descubierto ningún grupo desde Wilco y aquel Impossible Germany que fue un dardo directo al corazón. Me sirve para no tener que dar explicaciones si me encuentro con un conocido del colegio, tuve tres hijos ya resume mi estado vital.
  • Tres. Me acerca a mi madre. Más allá de aprender que yo también regurgitaba y tenía miedo del aspirador, que son cosas en las que una la verdad que no se reconoce, la maternidad me ha hace pensar en aquella jovencita que era mi madre, llena de dudas y de sueños. Me pregunto por primera vez si soy lo que ella quería que fuera. A juzgar por su Whatsapp de nochevieja al chat familiar “sois los mejores hijos que he tenido” (textual) no parece que esté descontenta. Otros whatsapps cariñosos de mi madre son: “Es el cumpleaños de tu tía Emilia. Llámala” “Has llegado? Ten cuidado. En esos países he oído que te multan si tiras de la cadena después de las ocho y media” “A ver si le dices a tu padre que me saque más” “No puedo quedarme con los niños, tengo taichí” y “El uso del WhatsApp costará dinero a partir de mañana a las 18h. Si envías esta cadena a 18 diferentes de tu lista, tu ícono será azul y será gratis para ti. Envía esto a las personas que más quieras si no quieres que tu Whatsapp sea de pago”. Todos tenemos nuestros miedos:

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  • Cuatro. Me concentra en el presente. Cuando veo a mi hijo ponerse el abrigo, lo tira al suelo del revés, una manita, luego el brazo, se ha enganchado, empezamos otra vez, el presente se vive con otra dimensión, todo es importante, apartar el pie para no pisar una hormiga, ver cómo resbala el aceite sobre las partes lisas del pan y como se cuela por los huecos. Durante gran parte de mi vida pensaba “mañana será tu baile” y ahora siento que estoy bailando.
  • Cinco. Me hace ver la diferencia de sexos. Cuando están desnudos, los niños juegan con su pito constantemente. Las niñas no juegan con su vulva, ni les gusta nombrarla. Ojalá fuera de otro modo pero la realidad es tozuda.
  • Seis. Puedo tener tripita. Porque soy madre y entonces ya no queda tan mal. Tipo lo de Rachel Hollis y su foto viral.
  • Siete. Me  reconcilia con el ser humano. A los treinta, ya había atesorado una buena lista de pruebas de la estupidez humana. De que no venimos del mono, sino que vamos hacia el mono de forma inexorable. Pero al ser madre, no sé. Ves al estúpido, ves a la madre, y bueno, digamos que empatizas.
  • Ocho. No tengo que llamar al ascensor. Hay tres energúmenos que se pelean por rendirme este servicio.
  • Nueve. Mi humor se ha vuelto más blanco. Me hace gracia esto:

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  • Diez. Entiendo mejor qué significa renunciar: finalmente no pasó nada porque no fuera en esa fiesta.
  • Once. No contribuyo a aquellos males del mundo que vienen del aburrimiento. Dice Savater que la gran batalla en la tierra se da entre quienes disfrutan quedándose en casa y los que en casa se aburren, por lo que siempre están dispuestos a echarse a la calle. Con razón dice Nieztche: «Más que ser felices, los humanos quieren estar ocupados”. Pues eso, que ahora la lío menos. Me concentro en los días pequeños, en que nada altere esta felicidad limpia y quieta como un estanque.
  • Doce. Algo que supe en el star flyier del parque de atracciones, con 63 m de caída a 80 km/h: Pasar miedo con mi hijo nos hace inseparables.
  • Trece. Ésta es muy personal. Quizá solo me suceda a mí. Eso que me pasaba con los novios, la sensación de perderlos cada vez y de tener que reconquistarlos cada vez. Cada dos semanas aproximadamente. La satisfacción de volver a encontrar la aprobación perdida me mantiene. Me pasa con mi hija, las chicas ya se sabe que tenemos estos vaivenes.
  • Catorce. Puedo tener chica que limpie mi casa y me haga la comida y no me da vergüenza.
  • Quince. He descubierto que los planetas más alejados del sol que el nuestro ¡son gaseosos! No era así cuando yo estudiaba, o no me enteré.

Por supuesto, también tiene cosas malas. Algunas se han ido para siempre y otras volverán. Me vienen a la cabeza estas poquitas:

  • No hay sexo a deshoras. Ni noches eternas en las que hablamos de nosotros y hacíamos amor hasta quedar rendidos y luego seguíamos hablando de nosotros, de lo que queríamos ser y de lo poco probable que era que no hubiera vida lejos de la tierra, y luego hacíamos el amor de nuevo hasta que ya era de día.
  • Ser madre no aporta un sentido a tu vida ni la llena de plenitud. En eso estamos igual oiga!
  • Se acabaron las calas. La mejor playa tiene tantos servicios como un vips. Esta yo creo que es muy pasajera.
  • El trabajo. No seré jefe de departamento ni tampoco la mano derecha de nadie.

  • E

    n fin! Y más cosas malas de las que ya no me acuerdo.

 

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Una respuesta a Las cosas buenas de ser mamá

  1. MAD dijo:

    He de confesar… que a los padres (o al menos a mí) nos pasa lo mismito que tù apuntas en tu personal lista. Y que conste que no lo digo para alzar la voz por la igualdad de sexos en el “sector-progenitores”, sino más bien como agradecimiento por recordarnos “dónde está escondido el tesoro”. Eso sì, los padres, como chicos que somos, no podemos evitar seguir tocándonos el pito a todas horas. Hay cosas que no cambian…

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