Tengo una amiga que es coach

Gabriela foto blog II coachYo tengo una amiga que es coach. Acudo a ella siempre que me desespero, a veces en mitad de la noche, como quien llama al teléfono de la esperanza con un hilo de voz y dice “necesito que alguien me devuelva mi imagen entera”. Con ella todo parece fácil, es decir, dispone de un montón de métodos, son los que aplican Roger Federer, Gandhi, Zuckerberg y Lady Gaga, ¿qué quieres hacer?, sacar tu fuerza interior o pongamos, sanar tu alma, porque es distinto, cada objetivo tiene su plan. Es fantástica, siempre está allí, trabaja sobre la base de que las palabras tienen su importancia, por ejemplo, si te has enfrentado a tu suegra, casualmente la única persona que te puede cuidar los niños cuando están malos, y le has dicho cosas como ¿Me estás diciendo a mí cómo tengo que educarlos? no puedes decirte, soy imbécil, tienes que decir, soy válida, merezco la pena pero he actuado como una imbécil, es el primer paso hacia tu paz interior. Las palabras son poderosas. También te hace hacer listas que es una cosa que da mucha pereza cuando una siente que la vida no vale la pena, que lo ha decidido todo mal y que no se puede volver a empezar, pero mi amiga siempre está allí, es como el seven eleven de la autoayuda. En algún sitio leí que el cerebro humano no puede discurrir y lamentarse al mismo tiempo, son dos funciones incompatibles, y de ahí viene precisamente el tema de las listas. Yo lo uso mucho cuando está llorando algún niño, si por ejemplo no se quiere bañar le digo, cómo prefieres bañarte, con la puerta cerrada o con la puerta abierta, y en ese momento es cuando el cerebro se cortocircuita y el niño deja de llorar por unos segundos: Luego coge aire y te grita: cerradaaaaaa. Con ese momento cerebral juegan muchos los coach. El despiste, vamos.

Pero la otra noche, sucedió algo extraño. Me llamó mi amiga la coach y me dijo, ayúdame, Raúl me ha dejado y ahora mismo sería capaz de arrojarme por el puente de Juan Bravo. Estamos perdidos, pensé, dios ha muerto, Leman Brothers, algún doctor en la sala, quién vigila al vigilante.

La invité a un café, le dije que se mantuviera mindfullness, que aplicara los siete pilares del líder, que respirara al menos, pero no la noté receptiva, será hijo de puta, eso, le dije, verbalízalo, saca la furia, y se derramó en lágrimas en frente de mí, en plena cola del starbucks.

Lo malo de ser coach es eso. Que tu vida y tu profesión se encuentran tan trenzadas que una es ejemplo de la otra y se comportan como dos viejas que caminan de la mano y si una se tropieza, las dos van al suelo.

Me siento mejor desde ese día.

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